Marmolear papel: del baño espesado a la hoja seca y alisada
Danelma es un cuaderno abierto sobre el marmoleado de papel. Aquí se anota cómo se comporta una bandeja de carragenano según la temperatura, por qué una gota se abre o se queda encogida, cuánto alumbre admite un papel de algodón y qué ocurre entre el momento de posar la hoja y el de colgarla a secar.
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Qué recoge este cuaderno
El marmoleado es una técnica con muchas variables encadenadas: basta que el baño esté dos grados más frío, o que el papel lleve una semana alumbrado, para que el mismo color se comporte de otra manera. Por eso las notas se organizan siguiendo el orden real del trabajo, desde la preparación de la bandeja hasta el prensado final, y cada apartado intenta explicar la causa y no solo el gesto.
Las medidas que aparecen aquí son puntos de partida contrastados en condiciones concretas, no recetas cerradas. El agua de cada casa, la marca de pigmento y la humedad del local desplazan cualquier proporción, y conviene tratarlas como un lugar desde el que empezar a corregir.
- Preparación del baño espesado y control de su densidad.
- Colores: dispersión, molienda y comportamiento sobre la superficie.
- La hiel de buey como regulador de la tensión superficial.
- Herramientas: peines, punzones, agujas y rastrillos.
- Patrones clásicos: piedra, peine, pavo real, chevrón, nonpareil.
- Alumbrado del papel y tiempos de reposo.
- Estampación, aclarado y secado sin ondulaciones.
- Repetibilidad, cuaderno de tandas y conservación de disoluciones.
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El baño espesado: densidad, reposo y temperatura
El baño es la superficie sobre la que el color flota sin hundirse ni desbordarse. Se obtiene espesando agua hasta darle un cuerpo ligeramente viscoso, de forma que las gotas se abran en círculos limpios y conserven el dibujo mientras se trabaja. Los dos espesantes habituales son el musgo de Irlanda —carragenano— y la goma de tragacanto; el primero da un baño más fluido y transparente, el segundo uno más denso y algo turbio, con arrastres más lentos.
Con carragenano en polvo, una proporción de trabajo razonable está entre dos y tres gramos por litro de agua templada. Se dispersa batiendo enérgicamente para evitar grumos, se deja reposar entre ocho y doce horas y se cuela antes de verterlo en la bandeja. Ese reposo no es una formalidad: durante esas horas el polímero termina de hidratarse y el aire incorporado al batir sube y se elimina, y un baño usado sin reposar produce burbujas que dejan huecos blancos en la hoja.
La temperatura marca el resto. Por debajo de los quince grados el baño se vuelve perezoso y los colores se abren poco; por encima de los veinticinco pierde cuerpo y el dibujo se desdibuja al pasar el peine. Un intervalo de dieciocho a veintidós grados, estable durante toda la sesión, evita la mitad de los problemas que luego se atribuyen a los colores.
Comprobar el baño antes de empezar
- Retirar la espuma y las burbujas de la superficie pasando una tira de papel de periódico de lado a lado.
- Dejar caer una gota de color de prueba: debe abrirse en un disco de tres a cinco centímetros y quedarse quieta.
- Si la gota se hunde o se encoge, el baño está demasiado denso o el color demasiado cargado.
- Si la gota se dispara hasta el borde de la bandeja, el baño está flojo o el color lleva exceso de hiel.
- Limpiar la superficie después de cada estampación, siempre en la misma dirección.
La bandeja debe ser algo mayor que el formato de papel previsto y tener una profundidad de líquido de tres a cinco centímetros. Más profundidad no mejora nada y complica el nivelado; menos hace que la hoja toque el fondo al posarla.
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Colores que se abren: molienda, dilución y prueba
Sobre el baño no se pinta: se deja caer color muy diluido que se expande solo. Sirven las acuarelas y las gouaches en pasta, los pigmentos molidos con un poco de aglutinante y los colores acrílicos rebajados hasta consistencia de leche, siempre que la partícula sea fina. Un color mal molido deja granos que atraviesan la película y caen al fondo de la bandeja.
Cada color se prepara por separado en su bote, se diluye con agua hasta que fluya con facilidad y se cuela por una malla fina. Conviene rotular el bote con la fecha y la dilución aproximada, porque el mismo azul preparado en dos días distintos rara vez se abre igual.
La secuencia de aplicación importa tanto como la mezcla. El primer color cae sobre baño limpio y ocupa toda la superficie disponible; el segundo empuja al primero y se queda con menos espacio; el tercero se abre todavía menos. De ahí que en un marmoleado clásico el fondo suela ser el color con más presencia y los últimos aparezcan como venas finas.
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La hiel de buey y la tensión superficial
La hiel de buey es el regulador que decide cuánto se abre cada gota. Baja la tensión superficial del color, y un color con menos tensión superficial empuja al que ya está extendido y se hace sitio. Este mecanismo, y no la cantidad de pintura, es lo que permite superponer varios colores sin que se mezclen en el baño.
El ajuste se hace por gotas y de forma progresiva. Al primer color se le añade la dosis mínima —a veces ninguna—; al segundo, un par de gotas más por cada cien mililitros; al tercero, algo más. Ese escalonamiento creciente es el corazón del método: si todos los colores llevan la misma dosis, se quedan quietos unos junto a otros y el resultado es plano y con bordes duros.
Señales que indican un desajuste
- La gota se queda pequeña y con el borde encogido: falta hiel en ese color.
- La gota se abre hasta romperse en un anillo casi transparente: sobra hiel.
- Los colores se empujan hasta expulsar al primero contra las paredes: el escalonamiento es demasiado brusco.
- Aparecen calvas y el color se retira de una zona: hay grasa en la superficie o restos de la estampación anterior.
- Todo se abre menos de lo esperado a media sesión: el baño se ha enfriado o se ha cargado de color residual.
Conviene corregir siempre el color y no el baño. Añadir hiel directamente a la bandeja parece una solución rápida, pero altera de golpe todos los equilibrios y obliga a rehacer las pruebas de los colores restantes.
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Peines, punzones y los patrones que producen
Las herramientas del marmoleado son sencillas y casi siempre de taller: un punzón o una aguja gruesa montada en un mango, y peines construidos con una regla de madera y clavos o alfileres a distancia regular. El paso del peine —la separación entre púas— define la escala del dibujo: un paso de dos centímetros da ondas amplias; uno de cuatro milímetros produce el veteado fino de los papeles llamados nonpareil.
El gesto es lento y continuo. El peine entra por un extremo de la bandeja apenas hundido en el baño, avanza a velocidad constante y sale por el otro lado sin levantarse a mitad de recorrido. Cualquier vacilación queda registrada como un salto en las vetas, y ese salto es irrecuperable.
Cuatro patrones de referencia
- Piedra. Los colores se dejan caer sin intervenir. Es la base de todos los demás y la mejor prueba del estado del baño.
- Peine o nonpareil. Sobre la piedra se pasa el punzón en zigzag en un sentido y después el peine fino en sentido perpendicular, lo que produce el veteado menudo y regular.
- Pavo real. Partiendo de un peinado en zigzag, se aplica un peine de púas dobles con un movimiento corto de vaivén que agrupa las vetas en abanicos sucesivos.
- Chevrón. Sobre un veteado ya establecido se arrastra el punzón describiendo líneas paralelas alternas, que quiebran las bandas en ángulos regulares.
Los nombres varían de un taller a otro y de una tradición a otra; lo que se repite con fiabilidad es la secuencia de movimientos, no la denominación.
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Preparar el papel: alumbrado y tiempos
El papel no recoge el color por sí solo. Necesita un mordiente que fije los pigmentos en el momento del contacto, y ese mordiente es el alumbre —sulfato de aluminio y potasio— disuelto en agua. Sin él, el dibujo se transfiere de forma débil y se va en el primer aclarado.
Una disolución de trabajo habitual ronda los treinta gramos de alumbre por litro de agua caliente, bien disuelta y aplicada en frío. Se extiende con una esponja plana o una brocha ancha por una sola cara del papel, en pasadas que se solapen ligeramente y sin dejar charcos. Es imprescindible marcar la cara tratada con una señal a lápiz en una esquina: en cuanto el papel se seca, ambas caras parecen idénticas y una hoja estampada por el lado equivocado se pierde.
Después de aplicar el alumbre, el papel se deja secar hasta quedar apenas húmedo al tacto, se apila entre hojas neutras y se prensa unas horas. Ese reposo reparte la humedad y evita que la hoja se abarquille sobre el baño. Los papeles alumbrados se conservan bien unos días; pasado ese tiempo pueden aparecer cristales de alumbre en la superficie y manchas blanquecinas en el resultado.
Sobre la elección del papel
- Gramajes medios, de 90 a 160 g/m², combinan buena manejabilidad con resistencia al mojado.
- Los papeles con algo de encolado interno aguantan mejor el aclarado que los muy absorbentes.
- Las superficies muy satinadas transfieren un dibujo nítido pero perdonan menos los errores de posado.
- Conviene cortar las hojas al menos dos centímetros por debajo del interior de la bandeja.
- El alumbre se manipula con guantes y sin respirar el polvo al pesarlo.
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Posar la hoja, levantarla y aclararla
La estampación dura dos segundos y decide el trabajo de toda la sesión. La hoja se sujeta por dos esquinas opuestas, se apoya primero un borde sobre el baño y se deja caer el resto con un movimiento continuo, dejando que el propio peso expulse el aire. Bajar la hoja en plano atrapa burbujas, y cada burbuja es una mancha blanca en el papel.
Una vez posada no se mueve ni se presiona: cualquier desplazamiento arrastra el dibujo. El contacto necesario es breve, apenas el tiempo de contar hasta tres. Para levantarla se tira desde una esquina en diagonal y con firmeza, o se arrastra sobre el borde de la bandeja, que retira de paso el exceso de baño.
Después conviene un aclarado suave por la cara estampada, con un chorro fino de agua fría o sumergiendo la hoja un instante en una bandeja limpia. El objetivo es retirar los restos de espesante, no lavar el color: un aclarado demasiado enérgico deja el dibujo pálido y con los bordes difuminados.
- Sujetar la hoja por dos esquinas opuestas con la cara alumbrada hacia abajo.
- Apoyar un borde, dejar caer el resto sin golpear y sin presionar.
- Esperar unos segundos, sin mover la hoja ni tocar la superficie.
- Levantar en diagonal o arrastrar sobre el canto de la bandeja.
- Aclarar con agua fría y suave, y escurrir sin frotar.
- Limpiar el baño con una tira de papel antes de la siguiente hoja.
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Secado y alisado sin ondulaciones
El papel mojado se ha dilatado y al secar se contrae, casi siempre de forma desigual. Colgar las hojas de una cuerda con pinzas es cómodo y rápido, pero produce alabeo si el ambiente es seco o hay corriente de aire. Un secado en plano, sobre rejillas o sobre superficies limpias y bien ventiladas, da hojas más estables.
El alisado se hace en dos tiempos. Primero se deja que la hoja se seque por completo; después se humedece muy ligeramente el reverso, se intercala entre cartones o papel secante y se prensa durante varias horas. Si se prensa una hoja aún húmeda, el color puede transferirse al material de intercalado y quedar impreso en la hoja vecina.
También se puede planchar por el reverso, a temperatura media y sin vapor, protegiendo la cara estampada con un papel neutro. Es una solución rápida para pocas hojas, pero no sustituye al prensado cuando se trata de una tanda entera destinada a encuadernación o a guardas.
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Repetibilidad: anotar para volver a conseguirlo
Un resultado que no se puede repetir tiene poco valor en un taller. La única herramienta fiable para conseguirlo es un cuaderno de tandas donde se registre lo que de verdad cambia entre una sesión y otra, junto con un recorte del papel obtenido. Con el tiempo, ese archivo explica más que cualquier manual.
Qué anotar en cada tanda
- Espesante, marca, gramos por litro y horas de reposo del baño.
- Temperatura del baño y del local al empezar y al terminar.
- Colores empleados, dilución aproximada y gotas de hiel por color.
- Orden de aplicación y método de dispersión de cada color.
- Peine o punzón utilizado, paso de púas y dirección de las pasadas.
- Papel, gramaje, concentración de alumbre y días transcurridos desde el alumbrado.
- Método de secado y de prensado, con un recorte de muestra grapado.
Conservación de las disoluciones
El baño de carragenano aguanta en frío entre tres y cinco días; después pierde cuerpo, huele y aparecen zonas donde el color deja de abrirse. Se guarda tapado y en nevera, y se filtra antes de volver a usarlo. La disolución de alumbre se conserva bastante más tiempo en un recipiente cerrado, aunque conviene comprobar que no ha precipitado antes de aplicarla.
Los colores diluidos se sedimentan: se agitan y se cuelan antes de cada sesión. La hiel de buey se guarda en frío y en frasco pequeño, porque en botes grandes y medio vacíos se altera con más rapidez. Rotular todos los recipientes con el contenido y la fecha ahorra tandas fallidas y, sobre todo, ahorra papel alumbrado.
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